jueves, 7 de mayo de 2009

Bartleby el escribiente

El llanto exasperante de un niño -resultado de lo que en su ser guarda de irracional- al no tolerar lo fallido de su antojo, es una metáfora de la angustia que no puede ser espoleada por la reprimenda que una conciencia integra le haga, sin dejar esta de excitar aun más y de manera inconsecuente el animo del acongojado. De tal delicadeza se tornan los límites de la cordura en el afligido que solo detiene las tribulaciones que le acosan para arrogarse alguna convicción que le permita salir de pie, pero sí el reflejo de lo insufrible aparece en cada representación de la vida haciendo mella de sus cavilaciones, depondrá este de su voluntad para sobrellevar una realidad. Al no haber un motivo para el esfuerzo cuando se ha desvanecido la razón que da significado a cada proyecto, el hombre se destina a la soledad para crear nuevos alegatos a la existencia o para morir de inanición.
Bartleby es un caso de la muerte. Es el hombre que hasta en cierta medida ha decido mantener un lugar en la sociedad - un trabajo de copista en una oficina - y que en lo progresivo va distanciándose de aquella razón que lo sitúa en tal lugar. De la razón misma es que hace el brutal apartamiento. Esa razón es el funcionamiento social que acepta lo presupuesto de toda convención. Es el acuerdo por el cual vivir se justifica en las industrias humanas. Bartleby soslaya una fuente de legitimidad que lo vuelve un ser ininteligible por la perdida total de ese sentido. Actuando de esta forma puede estar elucubrando un nuevo código ético bajo una negación de la subordinación, aunque no conocemos sus pensamientos. Lo que tenemos de él es solo una desconcertante expresión “preferiría no”. El personaje es como el llanto de la creatura pero en una versión afásica, el individuo se ha reducido a una pura naturaleza asegurando algunos sesgos de cultura permitiéndose una nueva identidad. Ha de quedarse simplemente con las funciones vitales, en el aislamiento, ser simplemente vida con el tiempo y fundirse en una espera de acontecimientos que irrumpan el lapsus caótico. A guisa de esperanza sucesos que tengan la esencia del amor o la muerte. Esa expectación será la clave del relato, lo vemos cuando el narrador agrega sobre el pasado de Bartleby que antes de llegar a su oficina el escribiente trabajó en el correo en la sección de cartas muertas. El narrador imagina como “el pálido funcionario saca de los dobleces del papel… billete de banco remitido en urgente caridad a quien ya no come, ni puede ya sentir hambre; perdón para quienes murieron desesperados…” Bartleby puede haber sido tanto como vio uno de los infelices remitentes que aguardaban una nueva revelación. El valor de esta acotación está en que las cartas no llegaran nunca “y se apresuran hacia la muerte”. Fue Bartleby quien no llegó a descubrir en lo álgido de lo humano la gracia de un nuevo conocimiento para solventar sus interrogantes que lo sacara de la negatividad absoluta. La negación de la subordinación lo destruye y quizá no percibió en el sentido de una inmanencia como forma de conocimiento del yo una condición favorable para poder existir él. Por eso se disipa su esperanza la “esperanza para los que murieron sin esperanza…” Y ya no puede aceptar las “buenas noticias” por que van al forno nihilista que las convierte en nada.

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