En las meditaciones sobre literatura estadounidense que elabora Richard Chase, expone de inmediato elementos que consagran tesis siguientes de la crítica en lo relativo a factores que median en el desarrollo posterior y en la actualidad de la literatura norteamericana. Chase nos dice que en un principio tenemos una persistencia de oposiciones entre los significados relevantes que a atraviesan la sociedad. En una primera etapa de la literatura está presente una “cualidad maniquea”, el uso de las grandes metáforas de la religión. Un ejemplo seria la elección de la libertad y la condena, lo bueno o malo, Dios o el demonio. Otra dicotomía que se manifestará ulteriormente, adelgazándose el sentido religioso, será la identidad literaria de la nueva nación en confrontación de los modelos anglosajones, esto dentro la creación literaria de los autores de mayor originalidad (Hawthorne, Henry James, Melville, Hemingway, Faulkner). El desacierto no aparece resuelto, sino más bien, motiva lo inédito que brota del antagonismo con los modelos tradicionales europeos, provocando de tal manera, una ruptura con la adaptación de procedimientos artísticos extranjeros a las nuevas condiciones culturales. Sostiene que la novela europea imponía “vastas gamas de experiencia en torno a un centro moral y una finalidad de juicio”. Aduce a esto la existencia de dos grandes fuentes antiguas como antecesoras plenas de la tradición literaria inglesa, la tragedia griega y la religión cristiana. Aspectos que movilizan en la narración un desplazamiento de personajes a través de contradicciones hasta llegar a una armonía. La suposición de que después de los distintos avatares, tanto excesos como padecimientos, derrotas y “desajustes” con una visión central, se llegue a una reconciliación y a un orden, a una estabilidad, no es lo concerniente a la literatura de Norteamérica de la que se pretende hacer descripción. La literatura norteamericana está fuera de asimilar tal sentencia. Ladea el hecho de simplemente dar una respuesta a la contradicción, peor aún sí es que esta se asienta en la pacificación. Su labor está en aprovechar el tropiezo del hombre con las obturaciones del camino, y ahí proyectar nuevos mundos como vías maravillosas de realización humana. Como veremos así en las características del romance, primera forma literaria americana consolidada, también producto de una evolución cultural que reflejan los autores. Esta literatura capta la anomalía, el desorden, la dispersión. En estas “formas radicales de enajenación”, la “rudeza” frente a la “prudencia” de la tradición, lo irracional, la fantasía, el sueño y el horror, se estiman posibilidades para la conformación de un “capital estético”. En la novela norteamericana se da una traducción poética de la realidad, y aquí su más fuerte relación con las idealizaciones del romanticismo. El máximo ensimismamiento de sus escritores proviene de un hondo anhelo de perfección estética. Haciendo alusión a las clases teóricas expuestas por el profesor Costa Picazo, como otros puntos que se verán más adelante, esto asemeja a su noción de una “creación contigua” al momento en que el individuo se enfrenta a los objetos. Definir con otras formas equivale a la invención del lenguaje mismo. Esto como un trance que se da cuando el hombre nombra los elementos de la escena que tiene ante él. El autor prevé una selección léxica adecuada para la creación de una atmosfera, de una impresión específica que el autor logra mediante el lenguaje. En el plano sintáctico se recurre a la materialidad del signo, a la musicalidad, las cadencias, los ritmos, las repeticiones. El estilo prima en la obra literaria, lo que Costa Picazo entenderá como la manera en que el autor usa el idioma. Es decir, si el autor utiliza un lenguaje complejo o no, y si esa complejidad se refiere al plano lingüístico o al plano sintáctico.
Volviendo a Chase, este nos dice que a causa de encontrar esta belleza el autor se mantiene en su propio lenguaje. Un lenguaje personal surgido por la “tensión de cerrar una brecha de experiencia”. Suceso que se concibe irrealizable por lo que cada individuo asume una particular relación con el lenguaje, a la vez que trata de establecer una estética general, o más bien, alcanzar rasgos esenciales de la literatura que difieran de la tradición inglesa. La “tensión de cerrar la brecha” no es nada más que el intento por la conformación de una visión central que unifique las percepciones. Para esto es necesario establecer un “nexo” como una medianía entre pensamiento (discurso) y experiencia. Algo que funcione como mediador entre el individuo y la totalidad. Al desaparecer las instituciones de la aristocracia poseedoras de un “cuerpo común” de razonamientos, que daba justificación a las relaciones del individuo con el mundo, y que vertían una concepción general para la explicitación de los fenómenos, solo queda la democracia, quien sí bien especifica al hombre, lo hace en un sentido jurídico, político e individual. Entiende al ser como un sujeto en prosecución de un bienestar propio inalienable que se asocia para tales fines con los demás hombres. Entonces el cerramiento de esta brecha de experiencia que necesita de una medianía se ve contradicha en tanto la democracia, que pasa a tener esa función, regresa al hombre a la soledad, el individuo solo en busca de sus intereses, y que en el momento de verse con la totalidad, solo enfrenta a la enorme sociedad entendida como conjunto de individuos. En consecuencia, la función de mediación recaerá el la representación religiosa, que en lo indiscutible ha sido una dimensión presente como un sustrato desde siempre. Desde un comienzo el puritanismo entendió la situación del hombre en América como un estado profético de soledad. América se presenta como una segunda oportunidad que se le ofrece al hombre y este hombre aquí se encuentra libre de pecado. El hombre estuvo solo desde un principio y limitado por la frontera. Costa Picazo nos insiste en que esta corriente religiosa ha dejado una influencia reconocible, una tendencia hacia el simbolismo y las correspondencias. Lo que los puritanos creían era que todo acto de la naturaleza, todo lo que pasaba, tenía algún significado en relación con la divinidad. Según este, a través de los personajes los escritores se refieren, de modo indirecto, a su propio modo simbolista de ver el mundo. Los personajes mismos miran correspondencias y signos. El concepto de frontera es percibido como el encuentro de la civilización y el desierto. Los bosques vírgenes y aquello no poblado serán el primer proscenio para la creación. Como resultado un género que por ser simbólico se aleja del realismo. Obtenemos una forma de novela, el romance, que debe ser leída de modo alegórico y que no examina ni reproduce la realidad. Un género desprovisto del drama o la melancolía del género novelístico. Con mayor libertad, se desvincula de la representación yuxtaponiéndose a lo imaginario. En la narración el personaje es bidimensional, o sea, abstracto y simbólico. Su origen y su pasado es un misterio, está trabajado en función del argumento, asiduamente vivaz y colorido, de virtudes extrañas y renunciatorias, casi siempre rodeado de acontecimientos maravillosos. Escapa de la cultura misma hacia un mundo en que la naturaleza es hermosa y hostil a la vez. Huye hacia el mar o hacia el bosque. No hay reconciliación ni adaptación a la sociedad. Su campo de acción es un territorio neutral, entre la civilización y la barbarie.
Volviendo a Chase, este nos dice que a causa de encontrar esta belleza el autor se mantiene en su propio lenguaje. Un lenguaje personal surgido por la “tensión de cerrar una brecha de experiencia”. Suceso que se concibe irrealizable por lo que cada individuo asume una particular relación con el lenguaje, a la vez que trata de establecer una estética general, o más bien, alcanzar rasgos esenciales de la literatura que difieran de la tradición inglesa. La “tensión de cerrar la brecha” no es nada más que el intento por la conformación de una visión central que unifique las percepciones. Para esto es necesario establecer un “nexo” como una medianía entre pensamiento (discurso) y experiencia. Algo que funcione como mediador entre el individuo y la totalidad. Al desaparecer las instituciones de la aristocracia poseedoras de un “cuerpo común” de razonamientos, que daba justificación a las relaciones del individuo con el mundo, y que vertían una concepción general para la explicitación de los fenómenos, solo queda la democracia, quien sí bien especifica al hombre, lo hace en un sentido jurídico, político e individual. Entiende al ser como un sujeto en prosecución de un bienestar propio inalienable que se asocia para tales fines con los demás hombres. Entonces el cerramiento de esta brecha de experiencia que necesita de una medianía se ve contradicha en tanto la democracia, que pasa a tener esa función, regresa al hombre a la soledad, el individuo solo en busca de sus intereses, y que en el momento de verse con la totalidad, solo enfrenta a la enorme sociedad entendida como conjunto de individuos. En consecuencia, la función de mediación recaerá el la representación religiosa, que en lo indiscutible ha sido una dimensión presente como un sustrato desde siempre. Desde un comienzo el puritanismo entendió la situación del hombre en América como un estado profético de soledad. América se presenta como una segunda oportunidad que se le ofrece al hombre y este hombre aquí se encuentra libre de pecado. El hombre estuvo solo desde un principio y limitado por la frontera. Costa Picazo nos insiste en que esta corriente religiosa ha dejado una influencia reconocible, una tendencia hacia el simbolismo y las correspondencias. Lo que los puritanos creían era que todo acto de la naturaleza, todo lo que pasaba, tenía algún significado en relación con la divinidad. Según este, a través de los personajes los escritores se refieren, de modo indirecto, a su propio modo simbolista de ver el mundo. Los personajes mismos miran correspondencias y signos. El concepto de frontera es percibido como el encuentro de la civilización y el desierto. Los bosques vírgenes y aquello no poblado serán el primer proscenio para la creación. Como resultado un género que por ser simbólico se aleja del realismo. Obtenemos una forma de novela, el romance, que debe ser leída de modo alegórico y que no examina ni reproduce la realidad. Un género desprovisto del drama o la melancolía del género novelístico. Con mayor libertad, se desvincula de la representación yuxtaponiéndose a lo imaginario. En la narración el personaje es bidimensional, o sea, abstracto y simbólico. Su origen y su pasado es un misterio, está trabajado en función del argumento, asiduamente vivaz y colorido, de virtudes extrañas y renunciatorias, casi siempre rodeado de acontecimientos maravillosos. Escapa de la cultura misma hacia un mundo en que la naturaleza es hermosa y hostil a la vez. Huye hacia el mar o hacia el bosque. No hay reconciliación ni adaptación a la sociedad. Su campo de acción es un territorio neutral, entre la civilización y la barbarie.
