viernes, 26 de junio de 2009

La actitud estoica y la autodeterminación del héroe en el relato El viejo y el mar de Ernest Hemingway.

“Pero el hombre no esta hecho para la derrota – dijo –. Un hombre puede ser destruido pero nunca derrotado.”

El viejo y el mar

“Tal como tantos ríos, tanta lluvia que se precipita (…) no cambian ni atenúan la salsedumbre del mar, de la misma manera el ímpetu de las adversidades no pliega el ánimo del fuerte (…) No digo que sea insensible a ellas, sino que las vence. No es invulnerable aquél que no es herido, sino aquél que no puede ser ofendido; por este signo reconoceré al sabio.”

Epicteto

El héroe que Hemingway nos presenta en el relato El viejo y el mar es un ser de fortaleza plena, y aunque provecto como se lo anuncia desde el comienzo en el nombre que da titulo a la obra, no posee este la endeblez que el lector supondría a primera vista hasta el momento que se encuentre en el interior del relato. La idea de este trabajo es la de indagar en la disposición del héroe ante la situación de adversidad, forma de un destino aciago en cual el fracaso corona la finalidad de la tarea emprendida. La postura que este hace frente al infortunio de una mala pesca de días anteriores como perseverancia, el batallar con los indómitos animales en la disparidad, acontecimientos que se suceden y nos acercan en lo metafórico a hechos inexorables que supone la existencia. El Hombre de Hemingway es el de la supervivencia estoica[1] y la lucha solitaria, que enfrenta a su destino con entereza y que resiste sin abatimiento los impactos de la tromba o los reveses que se presentan en el insondable océano. El héroe para la constitución de sí pasa a depender únicamente de su exterioridad, es decir, del campo donde oficia y del cúmulo de instrumentos y destrezas, de la naturaleza y de la mundanidad[2]. Sus acciones lo delimitan. Este héroe siempre soslaya el momento de introspección. Aunque haya una interioridad que se enuncia y evite simultáneamente, está presente un monólogo que socializa con lo inmediato y enlaza elementos de la memoria. Lo que puede ser el héroe en oposición a lo no racional, a lo puro, violento y salvaje de la naturaleza se sintetiza en el siguiente párrafo “Quisiera ser el pez, pensó, con todo lo que tiene frente a mi voluntad e inteligencia”. En el hombre el intelecto es un epifenómeno y el autor demuestra el impulso de una regresión hacia un estado natural como se afirma en el siguiente pasaje: “el hombre no es gran cosa a lado de las grandes aves y fieras. Con todo preferiría ser esa bestia que está allá bajo en la tiniebla del mar”, entonces le es propio el hecho de aminorar las contradicciones que trae consigo la conciencia, sin hacer detrimento de un pensamiento que es profundamente práctico. Crea un protagonista que desarrolla sus actos en un orden elemental que comporta a la vez mecanismos y conocimientos que lo realizan como hombre.
Son repetidas veces las que el personaje habla sobre el infortunio que le toca vivir, esta no es la idea de que él considere su estado como un designio providencial a modo de una predestinación, simplemente sabe de su desgracia y solo puede ser sobrellevada con la perspectiva de la fe, “su fe y su esperanza no habían fallado nunca” nos comenta el narrador. En una pared de la cabaña del viejo penden las imágenes católicas de la Virgen del Cobre y del Sagrado Corazón de Jesús, pertenencias antiguas de su esposa que guardan una relación diferente con él que la que ha sido con ella, son iconos del recuerdo ya que junto a ellos esta el retrato de la mujer y porque un momento después al iniciarse la lidia con el pez nos dirá: “no soy religioso, pero rezaría diez padres nuestros y diez avemarías por pescar este pez y haría una peregrinación a la Virgen del Cobre si lo pesco, lo prometo”. La espiritualidad del hombre se resuelve en la proximidad de su ser, es el roce con el gigante pez espada que tironea del sedal precipitando el sonsonete del oleaje que demanda una oración en el momento de la lucha. Quizá lo beatifico solo pueda ser aprehendido mediante la experiencia inmediata de la presencia del hercúleo animal, en ese intercambio físico que ocurre en el piélago es meritorio hacer la súplica, “Virgen bendita reza por la muerte de este pez aunque sea tan maravilloso”. Sin ser piadoso este hombre sabe de una fuerza suprema a la de él, nos dice que “el hallarse frente algo que no se comprende lo es todo”. Hace de suyo una confianza esperanzada, una fe[3] que le de aliento para la prosecución y la continuidad, no una fe religiosa instaurada en el temor a la muerte ni en la pretensión salvífica. Sino aquello que fortalezca el impulso vital y desmedre la angustia ocasionada por el estado de soledad y agotamiento. El viejo ha de durar todo el luengo trayecto sin dejar de creer en lo que ha estado haciendo durante días y ha hecho toda su vida, ha de encontrarse vivo como hombre y de rendir al esfuerzo que exige la vida. En cierto momento el narrador nos dice: “Era demasiado simple para preguntarse cuando había alcanzado la humildad , pero sabia que la había alcanzado y que no era vergonzoso y que no comportaba la perdida del orgullo verdadero”, nos habla de un orgullo último que es la realidad de su experiencia como marinero, aquello que lo hace autosuficiente mientras hay una perdida, pues no son solo el sufrimiento y las magulladuras que se dan en la temporalidad lo que lo lleva a ser humilde, sino también la senectud de quien depende de sus brazos, razón que lo revierte a un miramiento de su condición; el ausente poder del principio de la edad. “Me gustaría que se durmiera y poder dormir yo y soñar con los leones, pensó. Por que, de lo que queda, serán los leones lo principal. No pienses viejo se dijo.” Los leones son una evocación de los años de la juventud y él sueña con las costas de áfrica, como nos cuenta el narrador: “en la época que era muchacho, con las largas playas doradas y blancas, tan blancas que herían los ojos. Vivía entonces todas las noches a lo largo de aquellas costas. No soñaba ya con tormentas ni con mujeres ni con grandes acontecimientos ni con grandes peleas ni con competencias de fuerza ni con su esposa. Solo soñaba ya con lugares y con los leones en la playa”. El marinero conoce la naturaleza y la altura de su condición, en un pasado él era tan fuerte como lo que sueña y también como el enorme merlín con que se enfrenta. Y así mismo en el instante en que piensa en esto se rehúsa a profundizar más, queda en el linde de la añoranza y regresa su mente a la contienda, en vez de examinar la reminiscencia para poner en balance el porte de los días pasados con el presente, decide hacer otra de las tantas evocaciones, según las palabras del narrador: “para darse mas confianza el viejo recordó aquella vez cuando, en la caverna de Casa Blanca, había echado un pulso con aquel enorme negro de Cienfuegos…”, es cuando Santiago “el campeón” gana la competencia de fuerza que dura desde el domingo en la mañana hasta las primeras horas del siguiente día. En los días que dura la navegación “el mar” (como nos dice el narrador que lo llaman “los jóvenes que utilizan botes a motor, bollas y flotadores en los sedales”, con el artículo masculino a diferencia de lo que ocurre con Santiago que “Decía siempre la mar. Porque así es como le dicen en español cuando la quieren”) se mantiene apacible al igual que la tranquilidad del sabio. El mar guarda un significado en la vida de Santiago pues es parte de su existencia, él lo conoce, sabe de sus tretas y virtudes, cuando causa amenaza o placer, ha interiorizado su comportamiento, la mar llana y la marejadilla; conoce la dirección de la corriente y donde enrumba la ventisca. El mar es asumido como el lugar el ámbito donde se ejerce la actividad, donde flota el esquife y se tienden los sedales y se le da una utilidad al mástil y al aparejo, al arpón y la porra, todos elementos que adquieren un sentido en él pues este hombre es su relación con el mundo circundante[4]. Lo que atribuye su mente a los objetos naturales, la humanidad que le da a los pájaros que lo sobrevuelan y a la golondrina de mar que se posa en el sedal a quien invita a quedarse, de la cual nos dice “estoy con un amigo”, al enorme pez espada a quien le dice “hermano, jamás en mi vida he visto cosas mas grande, ni mas hermosa, ni mas tranquila ni mas noble que tú”, nos deja entender una hermandad una comunión de quien está solo y de quien halló un símil entre la llama del espíritu de hombres y animales; la aguda voluntad de vivir. Luego nos dirá refiriéndose al pez, “Me pregunto si tendrá algún plan o si estará, como yo, en la desesperación”, la gran interrogante sobre la comprensión del animal, “los peces no son tan inteligentes como quienes los matamos, aunque son mas nobles y mas hábiles”, y después, “Me pregunto para que habrá salido a la superficie (…) brinco para mostrarme lo grande que era”. Entonces el viejo admira el coraje y la fuerza del animal el puro instinto que se traduce a un impulso rudimentario, lo cual se contrapone a la capacidad que dentro de sí el hombre posee, la de crear todos los medios y de ejercer sobre ellos su voluntad, él sabe que posee la técnica que le posibilitara ganar la contienda y para ser justo le da una valoración a la condición de su oponente. Pero la particularidad del pensamiento también implica la posibilidad de entrar en la duda o de arrellanarse en la angustia. Debido a la obvia necesidad de establecer consecuencias, el hombre puede permanecer por la propia decisión en las aguas profundas y tenebrosas que representa la conciencia, perderse en ese fondo oscuro donde se pliegan las interrogantes metafísicas. Pero el héroe del relato no se desprende en lasitud alguna, se sustrae a cualquier contradicción de diferentes maneras que no constituyen en sí un efugio, sino que en su existencia es fiel a un modo que lo completa, precisamente ante la angustia existe el hacer[5], y en la concentración en un objeto particular y la dedicación integra en las formas de abordarlo, se darán los componentes de su pensamiento. Prefiere el hacer e iluminar con su atención los aspectos pertinentes al oficio y lo más cercano a su labor. Cabe destacar un interés por algo que no es la pesca, el torneo de baseball de las grandes ligas del cual sigue los resultados en el periódico, con esta última afirmación notamos el esbozo de un personaje desprovisto de intelectualismo, orientado hacia la actividad física aplicada a la competencia. Sobre las razones que lo impelen a proseguir el alma del personaje está desnuda, el lector desconoce un pensamiento donde ubicar motivaciones fundamentales que estimulen al héroe, pues no posee otro compromiso más que con el saber que comporta su trabajo. Se direcciona hacia la efectividad hacia el saber hacer, ese tesón lo dinamiza queda definido en ese gesto. Para él la significatividad de que vivir implica una confusión está en el dolor, para esto el narrador nos dice: “cogió todo su dolor y lo que le quedaba de su fuerza y del orgullo que había perdido hacia mucho tiempo y lo enfrentó a la agonía del pez” , y una vez que clava el arpón detrás de la gran ala pectoral del animal, cuando ve al enorme merlín se cuestiona sobre la veracidad de aquel momento, en ese respiro se siente confundido, o son dos cosas para él verdaderas: la grandeza del animal que lo impresiona o el estado de suplicio en que se halla, “podía ver el pez y no tenia más que mirar a sus manos y sentir el contacto de su espalda con la popa para saber que esto haba sucedido realmente y no era un sueño”. Necesita retornar a la sensación física de la extenuación del cuerpo para aserciorarse de la materialidad del instante, “tuvo la seguridad de que era algo enormemente extraño y no podía creerlo. Luego empezó a ver mal. Ahora, sin embargo, comenzó a ver como siempre”. En el momento de magnanimidad producto de la contemplación del animal capturado, cree ser poseído por una suerte de estupor, y para mantener la convicción de que su lugar está en aquella realidad que le constriñe, contorsiona su cuerpo tullido y mira la lastimadura en sus manos callosas, regresa al plano de las cosas, ladea la impresión en su mente a la vez que rehúye darle una explicación al dolor. Lo que nos dirá es: “Tengo que mantener clara la mente”, lo más imperioso será mantener siempre la estabilidad interior.
Por lo argumentado se puede argüir que el héroe mantiene una relación acrítica e irreflexiva en un mundo histórico y social, pero habría que mencionar dos aspectos: el primero es que su mundo es entendido como ese universo de objetos que se le aparecen y que poseen una doble referencia, una utilidad y una significación, él participa de esos objetos en el modo en que los usa e interpreta, de la prensión de estas ideas funda una comprensión global, y el segundo es que el héroe carece de una coyuntura palpable. Se trata de un individuo al margen de procesos sociales o políticos situación que lo hace un gran personaje de ficción, definido por una serie de descripciones básicas que le proporcionan un pasado, tenemos la escueta información de que vive en la Habana, que posiblemente ha nacido y crecido en un ambiente de pescadores, también sabemos de los ochenta y cuatro días que lleva sin poder pescar algo, que tiene un discípulo llamado Manolín por medio del cual a momentos el lector puede obtener imagen de la condición del viejo, ya que este le compadece y le ayuda, por último, que ha tenido una esposa de quien posee un retrato. Datos que lo acercan a una tradición, que le dan asentamiento en un lugar y lo recortan contra un fondo. Por estar aislado sus representaciones están lejos de operar en una mentalidad pública, y lo fundamental es que este individuo se encuentra haciendo lo que le es más propio, no sufre ningún tipo de desarraigo o desorientación, cumple con su modo de ser mas originario[6].
Una vez que el pez es atado a un costado del barco por su enorme tamaño, este va dejando un rastro oscuro de sangre que se extiende a una milla de profundidad, el hecho ocasiona que el primer tiburón sea atraído guiado por su olfato, de lo cual nos dice el narrador: “Este era un pez hecho para alimentarse de todos los peces del mar (…) del tipo rápido, fuerte y armado que no tuvieran otro enemigo”, y luego refiriéndose a Santiago, “tenia la cabeza despejada y estaba lleno de decisión pero no abrigaba ninguna esperanza”, el héroe se mantiene ecuánime enterado de la inminencia que está por venir, el dentuzo atacará al animal y desgarrará gran parte de él, a propósito de esto se nos dirá: “No le agradaba ya mirar al pez, porque estaba mutilado. Al haber sido atacado el pez, fue como si lo hubiera sido él mismo”. El pez fue quien lo remolcó durante días enteros, halo su transporte en diversas trayectorias hasta que al fin con la táctica indicada lo atrajo a sí y lo arponeó, el pez permanecerá ligado a un extremo del bote. El trajinar ha sido extenso, en ese lento recorrido el personaje ha urdido con su voz un ideario que hemos podido escuchar, todo mientras estaba siendo arrastrado en un sin sentido. En este itinerario el hombre sometido a la destemplanza ha perennizado la paciencia, y lo que hemos visto ha sido su constancia, lo que sucede en esa duración de la captura es mucho mas esencial que la captura misma. Además de significar el cansancio y el sacrificio físico prolongado, el curso de la captura ha sido el largo proceso en el que se ha relacionado con la naturaleza. Y el pez ha sido para él más que el objetivo de una faena o el fruto de un periplo, ha sido la realización de su personalidad y de sus potencialidades humanas puestas a prueba. De tal forma que le disgusta ver al animal disminuido de su forma natural porque anteriormente encarnaba en su altivez de colosal pez toda la industria invertida en su apresamiento. En un momento siguiente el héroe piensa: “No has matado el pez únicamente para seguir vivo y venderlo para comer. Lo mataste por orgullo y por que eres un pescador” y se interrumpirá en voz alta diciendo: “piensas demasiado viejo”. Mientras navega suavemente en una corriente que lo arrastra hacia la orilla, una brisa fresca envuelta en un lumínico resplandor le hará recobrar la esperanza, a modo de epifanía este momento es un detonante, se rehace una nueva arma atando el cuchillo al remo, retorna en él el deseo de luchar y admite la posibilidad de poder conservar su animal y nos dirá: “es idiota no tener esperanzas, además, creo que es un pecado.” Progresivamente va adentrándose cada vez más en su pensamiento, es el momento en que algún reparo lo posee y como se nos declara: “lo estaba cansando por adentro”, se encuentra sumergido en cavilaciones dos o tres idea aún mas intensas, piensa en el pecado, este ha sido para él no una transgresión a la ley divina sino la sensación efímera de abatimiento, de un fracaso que luego por medio de la esperanza transmutará en la reserva de poder que lo conlleva a la autoafirmación, ha de potenciar al máximo la resistencia de tal manera que nos dice “lucharé hasta la muerte”. Ahora que ha discurrido se dice a sí mismo “piensa en lo que puedes hacer con lo que hay”, él niega la capitulación y el orgullo al que se refiere deviene de la condición misma que lo ha hecho sentir humilde, a pesar de estar desprovisto ha realizado la hazaña, más no se trata de una acumulación de empeño, sino del reconocimiento de merecer lo que ha obtenido por mantener siempre las cualidades humanas preeminentes por sobre los demás seres, lo encontramos en la frase siguiente: “comed galanos. Y soñad con que habéis matado a un hombre”. Las facultades del espíritu humano como la voluntad e inteligencia ya mencionadas en el comienzo, constituyen la dignidad[7] del hombre, se trata de una emancipación frente las imposiciones naturales, la libertad de un grado de determinismo radical que existe en los demás seres que es lo que el personaje observa continuamente.
Una vez que ha pasado la media noche y se ha batido con la gavilla de tiburones, sabe que ha sido firmemente derrotado porque han devorado el gigante pez de dieciocho pies de largo, ahora él deberá gobernar hasta el centro donde centellean las luces, a causa de esto dice en su soliloquio “Gobierna tu vote, todavía puedes tener buena suerte”, y en ese transcurso él no hará nada más que no sea manejar bien el timón, vuelca la atención al manejo de la nave y se aparta del efecto de perdida, ha superado las circunstancias, su postura es ajena al lamento e intenta, nuevamente, dirigirse a las cosas pequeñas que puede domeñar, aquellas en las que puede recrear un mando que es a la vez sufragáneo de la contingencia cósmica.















[1]Escuela fundada en Atenas alrededor del año 500 a.C. Para los Estoicos el hombre debe aceptar su destino con imperturbabilidad y resignación. Recibe con tranquilidad todos los golpes y cambios, ofrece la ataraxia frente a la inseguridad mudable e inconstante de todos los asuntos humanos. Cada hombre tiene un destino ineluctable, y solo será feliz cuando desista de todo intento de modificarlo y finalmente lo acepte
[2]Las cosas como instrumentos y su significado en relación con nuestras vidas, los modos en que las insertamos en nuestra existencia y de alguna manera las referimos a nuestros fines.
[3]Según el crítico Carlos Baker esta fe puede ser una fuente disponible de energía, léase su excelente trabajo “Hemingway, el escritor como artista”.
[4]La idea de proyecto en Heidegger es el total de significados que constituyen el mundo del Dasein que es ya siempre y constitutivamente relación con el mundo, puesto que las cosas se le dan en el mundo ya están provistas de una función, es decir de un significado.
[5]Según Juan Villoro en el prologo a la edición sudamericana de 2003 que antecede a la obra, el bien y el mal son para Santiago formas de tensar cordeles.
[6]Deviene del concepto de disposicionalidad de Heidegger; modo original de encontrarse y de sentirse en el mundo.
[7] En el cristianismo la idea de dignidad se fundamenta en la creencia del que el hombre ha sido hecho a imagen y semejanza de Dios.